La adolescencia es una lindísima época de la vida y, reiteramos, no es un problema en sí misma. Cifrar a esta etapa de la vida como solo un tiempo de conflicto y riesgo no aporta demasiado a la hora de ayudar a los jóvenes a encontrar su lugar en el mundo y sentir que su vida tiene un significado y un valor.
Es importante entender que esta costumbre de llamar “problema” a todo hecho vital que genere un poco de movimiento, es algo muy perturbador, por más que, a veces, de tan acostumbrados que estamos a ese tipo de abordaje, no nos percatemos del daño que hace al marcar subliminalmente que la pulsión de la vida es algo “malo” y que mejor sería habitar una paz mineral, antes que vérnoslas con la energía que despliegan los niños y los jóvenes, energía que hay que encausar, con firmeza de ser necesario, pero nunca suprimir.
Valores como recurso eficaz
Dado que los problemas y los peligros parecen ser algo inherente a la vida (de hecho, en ciertas culturas muy desarrolladas, hasta la ausencia de problemas es un problema), lo sensato es encontrar los recursos y generar las fortalezas para atravesar aquellas dificultades y riesgos que se crucen en el camino.
Es algo parecido a lo que ocurre con el organismo y los microbios (virus, bacterias). Si bien es positivo combatir los microorganismos que nos hacen daño, es más redituable fortalecer el organismo con una sana alimentación, conductas saludables, etc., lo que promueve un sistema inmune fuerte y dúctil ante los nuevos riesgos que aparezcan. Es imposible matar todo microbio potencialmente nocivo, pero sí es posible fortalecer el cuerpo para que dichos agentes patógenos no dañen de manera oportunista nuestro cuerpo.
En el terreno educativo, y de manera homóloga con lo que ocurre con el cuerpo, fortalecer el espíritu de los jóvenes y de la comunidad en la que viven, para que los “agentes patógenos” no los dañen, implica hacer foco en conductas y, sobre todo, en actitudes que consideramos valiosas.
Justamente, esas actitudes son valiosas porque son eficaces. Eficaces para promover lo que podemos llamar “inmunología anímica”, una inmunología que libera a las personas de los peligros que atentan contra su integridad.
Esas actitudes, entre otras, son la responsabilidad, la inteligencia, la alegría genuina, el conocimiento y la vivencia plena de las emociones, el reconocimiento de otro a través del respeto, la toma de conciencia respecto de intentos de manipularnos, etc. , actitudes que, desde hace milenios, se ha comprobado que ayudan a no caer ante los riesgos que aparezcan en el camino.